Montesinos desde la oscuridad
César Azabache
Caracciolo
Caracciolo
Patético. Esa
fue la impresión que me dejó el banal intento de Montesinos por enlodar a una
periodista de la talla de Rosa MarÃa Palacios. Y fue la misma impresión que
tuve anoche, cuando un persona de total confianza me comentó que el antes
legendario «Doc» ensayarÃa intentos semejantes contra otros dos
periodistas de renombre en estos dÃas.
fue la impresión que me dejó el banal intento de Montesinos por enlodar a una
periodista de la talla de Rosa MarÃa Palacios. Y fue la misma impresión que
tuve anoche, cuando un persona de total confianza me comentó que el antes
legendario «Doc» ensayarÃa intentos semejantes contra otros dos
periodistas de renombre en estos dÃas.
¿De qué se trata? ¿Un hábil intento por buscar profesionales que -con
todo derecho – fueron contratados por el gobierno, por alguna administración o
por alguna empresa vinculada durante los años 90? ¿Qué se intenta? ¿Que ellos
también se sientan amenazados por el sistema? Quizá hace dos o tres años una
maniobra de este tipo habrÃa remecido a la opinión pública. De hecho, varios
congresistas insospechables de pactar con los mensajeros de Montesinos han
caÃdo varias veces en el juego y se han esforzado por hacer casos legales
contra profesionales que simplemente prestaron servicios a la administración o
contra polÃticos que, también con todo derecho, creyeron en el lado
modernizador que en su momento representó Fujimori. Pero ahora, intentos como
estos llevan a una sola conclusión. El llamado «montesinismo» (ese
fantasma binario tan útil para ocultar el presente) ya no representa una
amenaza real. Asà como en senderismo de Abimael está enfrascado en una lucha
legal por salir de prisión lo antes posible, sin más alternativa que una
fantasÃa de acción polÃtica, el montesinismo comienza a mostrar el agotamiento
de un aparato que ya no es capaz de ver ni de manipular la realidad.
todo derecho – fueron contratados por el gobierno, por alguna administración o
por alguna empresa vinculada durante los años 90? ¿Qué se intenta? ¿Que ellos
también se sientan amenazados por el sistema? Quizá hace dos o tres años una
maniobra de este tipo habrÃa remecido a la opinión pública. De hecho, varios
congresistas insospechables de pactar con los mensajeros de Montesinos han
caÃdo varias veces en el juego y se han esforzado por hacer casos legales
contra profesionales que simplemente prestaron servicios a la administración o
contra polÃticos que, también con todo derecho, creyeron en el lado
modernizador que en su momento representó Fujimori. Pero ahora, intentos como
estos llevan a una sola conclusión. El llamado «montesinismo» (ese
fantasma binario tan útil para ocultar el presente) ya no representa una
amenaza real. Asà como en senderismo de Abimael está enfrascado en una lucha
legal por salir de prisión lo antes posible, sin más alternativa que una
fantasÃa de acción polÃtica, el montesinismo comienza a mostrar el agotamiento
de un aparato que ya no es capaz de ver ni de manipular la realidad.
Montesinos y sus mensajeros (¿no les
queda ya grande el cartel de «mafia»?) se han pasado los últimos
tiempos tratando de envilecer al sistema anticorrupción. Pero en el terreno
comunicacional el que intenta manipular un mensaje queda siempre impregnado del
mensaje que transmite. Con sus desmayos, sus silencios, sus cuestionables
camisas de seda y cuello duro y los escándalos descontrolados de quienes
intentan sumar a su favor, Montesinos ha envilecido su propia imagen aún más de
lo que la envilecen sus acciones. Montesinos ya no se ve como aquel genio
maligno que acumuló más poder que nadie en menos tiempo. Ahora se deprime, se
enferma, se desmaya y pide tiempo. Quizá Montesinos piense que nos está proyectando
una falsa imagen de debilidad para sacar ventajas de ello. Pero en este campo
nadie elige los sÃmbolos gratuitamente. Más allá de sus representaciones, el
que elige presentarse como débil sólo proyecta una debilidad real que no es
capaz de ver.
queda ya grande el cartel de «mafia»?) se han pasado los últimos
tiempos tratando de envilecer al sistema anticorrupción. Pero en el terreno
comunicacional el que intenta manipular un mensaje queda siempre impregnado del
mensaje que transmite. Con sus desmayos, sus silencios, sus cuestionables
camisas de seda y cuello duro y los escándalos descontrolados de quienes
intentan sumar a su favor, Montesinos ha envilecido su propia imagen aún más de
lo que la envilecen sus acciones. Montesinos ya no se ve como aquel genio
maligno que acumuló más poder que nadie en menos tiempo. Ahora se deprime, se
enferma, se desmaya y pide tiempo. Quizá Montesinos piense que nos está proyectando
una falsa imagen de debilidad para sacar ventajas de ello. Pero en este campo
nadie elige los sÃmbolos gratuitamente. Más allá de sus representaciones, el
que elige presentarse como débil sólo proyecta una debilidad real que no es
capaz de ver.
Quizá tanto tiempo en prisión haya convencido a Montesinos de que
nosotros mismos, todos, seguimos encerrados dentro de las rejas en que en el
pasado reciente nos atrapó usando sus controlados medios de comunicación y su
«prensa chicha». Encerrado como está entre cuatro paredes y
demasiadas cámaras de televisión Montesinos ya no ve la realidad. Quizá tenga
la memoria congelada en el tiempo, en la última imagen de su propio poder,
representada en su entrada triunfal al Palacio de Justicia, esposado, pero caminando
por en medio del pasillo, escoltado nada menos que por el Presidente de la
Corte Superior en persona. Quizá se represente la base naval como una versión
disminuida de la cárcel que él mismo fabricó para sà en Chorrillos y en playa
Arica. Quizá no se haya dado cuenta que hace mucho está encerrado en su propia
prisión, la prisión de sus actos y que de ella no va a salir jamás. Quizá por
eso piensa que nosotros tampoco podemos ver, ni salir. Y organiza su
comportamiento como si fuera todavÃa capaz de manipular a un paÃs de ciegos.
nosotros mismos, todos, seguimos encerrados dentro de las rejas en que en el
pasado reciente nos atrapó usando sus controlados medios de comunicación y su
«prensa chicha». Encerrado como está entre cuatro paredes y
demasiadas cámaras de televisión Montesinos ya no ve la realidad. Quizá tenga
la memoria congelada en el tiempo, en la última imagen de su propio poder,
representada en su entrada triunfal al Palacio de Justicia, esposado, pero caminando
por en medio del pasillo, escoltado nada menos que por el Presidente de la
Corte Superior en persona. Quizá se represente la base naval como una versión
disminuida de la cárcel que él mismo fabricó para sà en Chorrillos y en playa
Arica. Quizá no se haya dado cuenta que hace mucho está encerrado en su propia
prisión, la prisión de sus actos y que de ella no va a salir jamás. Quizá por
eso piensa que nosotros tampoco podemos ver, ni salir. Y organiza su
comportamiento como si fuera todavÃa capaz de manipular a un paÃs de ciegos.
