CƩsar Azabache Caracciolo
Enumeremos ciertos antecedentes: Primero, Alfredo Crespo usó la presentación de un texto atribuido a GuzmĆ”n Reynoso para lanzar al Movadef. Luego intentó inscribirlo como partido polĆtico ante el JNE, que por cierto mostró pocos reflejos en el incidente. Luego la juventud afiliada al Movadef se presentó pĆŗblicamente como heredera de la tradición senderista, pretendiendo protegerse bajo el manto de la democracia. Apareció despuĆ©s el Conare SUTEP, una facción de profesores posiblemente relacionados con Movadef. Y en respuesta Educación ha propuesto que los condenados por terrorismo sean separados del magisterio. En interior se ha separado del cargo a un funcionario acusado por terrorismo. Y para cerrar la secuencia, Oswaldo Reynoso, un escritor de talla innegable, y MĆ”ximo Laura, un artesano nombrado antes embajador de la Marca PerĆŗ, salieron pĆŗblicamente a sostener que el senderismo no tenĆa por quĆ© ser considerado como responsable de los daƱos que sin duda ha provocado.
En medio de ese marco, se comprende claramente porquĆ© el Ejecutivo, intentando representar en una ley la necesaria reacción a lo que estĆ” pasando entre nosotros, ha propuesto que la negación del significado del terrorismo en el PerĆŗ sea considerada un delito. Un mensaje claro que deje establecido que la conciencia de nuestra comunidad no tolerarĆ” expresiones como las que hemos escuchado en estos dĆas puede, sin duda, ser Ćŗtil. Sin embargo, si algo caracteriza especialmente al senderismo de los nuevos tiempos es su apego a explotar todas las fisuras legales del sistema para construir casos que le permitan presentarse ante la comunidad internacional como vĆctimas de un Estado que quieren presentar como intolerante y represivo. No hay que olvidar el enorme Ć©xito que han tenido ante la Corte IDH cada vez que, aprovechando su imparcialidad, han explotado las respuestas todavĆa incongruentes del Estado hacia la herencia de casos no resueltos por violaciones a los derechos humanos. Es esperable entonces que, de aprobarse la ley, el senderismo trate de encontrar una manera de emplearla para victimizarse fuera del paĆs y volver a provocar observaciones al Estado en el sistema interamericano.
Y lamento tener que decir que la propuesta, aunque explicable, si tiene un defecto fundamental, que abre las puertas a una estrategia masiva de cuestionamiento. El delito de negación, con mĆ”s intensidad que la apologĆa o la incitación, supone una restricción objetiva a una serie de derechos vinculados a las libertades de pensamiento y expresión. La cuestión estriba en identificar los casos en los que esa restricción es tolerable. Y en el derecho comparado (que no se construye ni modifica en un dĆa), la tolerancia a la sanción de estos delitos proviene de la previa calificación de āeso que se niegaā como un crimen de lesa humanidad (CLH). Entonces la iniciativa supone, para ser sostenible, ganar una batalla previa: Obtener que la comunidad internacional reconozca que el terrorismo es un CLH. Y aunque el esfuerzo me parece del todo sensato, quizĆ” no seamos nosotros los mejores promotores de la idea. No al menos mientras no podamos hacernos cargo cabalmente del significado y alcance que corresponde a esta construcción.
