Publicado en La RepĂșblica el 24/01/2023
El 20 de enero, en Huamanga, una ciudad que enterrĂł a 10 de las 50 personas que fueron asesinadas durante las protestas de DIC22 y ENE23, la presidenta Boluarte decidiĂł arrojar al viento dulces de azĂșcar en una parodia que remedaba los carnavales de la ciudad.
Ilaria Aimé se abalanzó sobre ella en un descuido de la seguridad y la jaloneó por los cabellos.
Es cierto. El jalĂłn por los cabellos no tiene justificaciĂłn. No se trata, como he escuchado y leĂdo decir, del respeto que debemos a la presidenta en ejercicio o a la instituciĂłn que representa. Antes que eso se trata del respeto que debemos a las personas. No importa quiĂ©nes sean. Tampoco importa quiĂ©nes seamos nosotros ni importa en quĂ© provocaciĂłn podamos haber caĂdo. Un jalĂłn por los cabellos es un ataque fĂsico y Boluarte sigue siendo una persona antes incluso que la presidenta del paĂs. DeberĂa ser simple para nosotros reconocer que estĂĄ prohibido tocar fĂsicamente a alguien sin su consentimiento, por mĂĄs que medie algo que pueda ser reconocido como una provocaciĂłn narrativa, como tirar dulces de azĂșcar en medio de una ciudad marcada por el duelo.
El evento ha puesto en evidencia de qué manera Boluarte ha dilapidado la respetabilidad de la magistratura que posee. También ha puesto en evidencia que las muertes de DIC22 y ENE23 se han instalado entre nosotros como una frontera interna, casi infranqueable, una que nos separa con una intensidad inconmensurable.
Todas las personas deben ser respetadas. Mujeres, niños, defensores de la tierra, manifestantes, militantes de derecha y de izquierda, trabajadores, presos, minorĂas. TambiĂ©n Dina Boluarte. El lĂmite del respeto a las personas no puede negociarse. No sin acelerar el deterioro de nuestros ya precarios lĂmites morales.
Los ataques fĂsicos deben ser reconocidos como tales, vayan en la direcciĂłn que vayan, tengan la connotaciĂłn que tengan y sea quien sea responsable por ellos.
La confrontaciĂłn de BĂĄrcena
Segundos antes que Ilaria AimĂ© pierda los papeles y se lance a las espaldas de Boluarte, Ruth BĂĄrcena habĂa quebrado el cerco de seguridad de la presidenta. Ella increpĂł a Boluarte cara a cara por las muertes de Huamanga. Ruth BĂĄrcena no la tocĂł. La confrontĂł. No tenĂa en sus manos mĂĄs que palabras, su testimonio levantado como un muro.
Un agente de policĂa intervino y la sacĂł de la escena. Ella declarĂł en una delegaciĂłn policial y fue puesta en libertad. Boluarte es funcionaria en ejercicio; BĂĄrcena no fue a buscarla, la encontrĂł en un evento pĂșblico por Huamanga. Lo que hizo representa un acto de protesta. La PolicĂa no violĂł la ley al contenerla. Ella no la violĂł al confrontar a la presidenta.
La sonrisa
Pero Âżpor quĂ© sonreĂa Boluarte? He visto los videos varias veces. Dulces de azĂșcar lanzados al aire simulando una fiesta en medio de una muralla humana de protecciĂłn. Una sonrisa vacĂa de contenido. Nadie sonrĂe con ella. La escena resulta macabra porque se monta en Huamanga, una ciudad en la que murieron 10 de las 50 personas asesinadas en las protestas de DIC22 y ENE23. AllĂ deberĂa pedirse perdĂłn, allĂ deberĂa ensayarse alguna forma de duelo compartido, allĂ habrĂa que promover el consuelo. Pero Boluarte sonrĂe. Lanza al aire dulces de azĂșcar y sonrĂe. Como si fuera una niña.
QuizĂĄ Boluarte sonreĂa para una foto. Para crear una imagen tan arbitraria, tan irreal como la que creĂł con Biden y con el papa. Boluarte intentando multiplicar las escenas de la realidad virtual que intenta crear. SonreĂr dentro de un mundo que construye sobre fundamentos de papel. Donde la memoria se reemplaza por un ĂĄlbum. SonreĂr en el centro de una falsa realidad vigilada.
La fantasĂa que estaba ensamblando Boluarte se quebrĂł cuando BĂĄrcena entrĂł a la escena y la confrontĂł. Pero Boluarte sostiene la sonrisa. Ilaria AimĂ© arremete por la espalda y le tira de los cabellos. Boluarte intenta sostener la sonrisa.
La sonrisa no debe quebrarse solo porque lo real la confronte o le tire de los cabellos.
Resulta imprescindible concentrarse en la foto. Sostener la sonrisa.
Desenlace
Ilaria AimĂ© fue madre de Cristopher Ramos, un adolescente de 15 años que trabajaba en el cementerio de Huamanga. No estaba protestando. Fue asesinado por un disparo por la espalda en las inmediaciones del lugar en que trabajaba. El esposo de Ruth BĂĄrcena, Leonardo Hancco, trabajador, sĂ decidiĂł unirse a las protestas. No efectuĂł ningĂșn disparo, pero muriĂł cuando una bala atravesĂł su cuerpo.
AĂșn asĂ el jalĂłn de cabellos de Ilaria AimĂ©, nos guste o no, rebasa los lĂmites del derecho a protestar. Es una falta. La falta se llama âmaltratosâ y puede ser castigada con servicios comunitarios. Pero solo puede ser llevada a proceso si Boluarte presenta cargos y concurre a una audiencia en Huamanga a sostenerlos.
Ruth BĂĄrcena es ahora una activista en el movimiento de defensa de los derechos de las vĂctimas y los deudos de la represiĂłn a las protestas de DIC22 y ENE23. RefiriĂ©ndose a Leonardo nos corrige:âĂl no muriĂł. Lo mataronâ.
La confrontaciĂłn de BĂĄrcena no es un delito ni una falta. Encarar a una autoridad por algo como lo que sucediĂł en DIC22 y ENE23 sin tocarla representa un acto de protesta.
DespuĂ©s de estallidos como los que se registraron durante esos meses pasan cosas. Los actos de violencia fĂsica directa no solo generan vĂctimas. Modifican el curso de vida de muchas personas; los familiares de quienes han muerto, los que resultaron heridos, los agentes de seguridad, policĂas o militares de cualquier grado, no todos los cuales pueden o querrĂĄn siempre sostener la negaciĂłn que ensayan algunos sectores. De inmediato se organizan movimientos y redes de solidaridad. TambiĂ©n colectivos negacionistas. Se genera un lenguaje de memoria, que en este caso aterriza en historias de vida, en rostros, en demandas de una justicia que aĂșn no llega, que tarda en llegar. Se generan tambiĂ©n discursos de odio, discursos que intentan justificar los crĂmenes cometidos, mantenerlos impunes.
DespuĂ©s de la escena de los dulces de azĂșcar, el 21ENE âLa Resistenciaâ atacĂł la muestra De quĂ© color son tus muertos, un ejercicio fotogrĂĄfico en el que un grupo de actores y personalidades de la comunicaciĂłn aceptaron representar en imĂĄgenes a las vĂctimas de DIC22 y ENE23. Los atacaron cuando los deudos y los activistas de la muestra iban a reunirse. Arrancaron fotos de la pared, como quien intenta arrancar de la vida un pedazo de memoria.
Las FiscalĂas, ahora en reforma, deberĂan armar un equipo especial que investigue lo que representan estas agrupaciones antes que la violencia que despliegan termine de desbocarse.
Hablamos sobre una violencia que nos impregna.
Debemos contenerla.
