por César Azabache Caracciolo
«Diez años alimentando demoliciones no son un buen punto de partida para ensamblar polĂticas de Estado. Las presiones internas por seguir haciendo las cosas tal como se han venido haciendo saltan a la vista en estos dĂas»
La forma del gobierno de la señora Fujimori deberĂa poder dibujarse a partir del protagonismo que tuvo Luis Carranza en su entorno durante los debates de la segunda vuelta. De varias maneras, la presencia de Luis Carranza como referencia de lo que podrĂa ser un gobierno fujimorista ha sido la oferta más robusta de su candidatura en la segunda vuelta. Carranza fue ministro de EconomĂa en dos de los perĂodos más importantes de la primera dĂ©cada de este siglo: entre julio de 2006 y julio de 2008, durante un ciclo de expansiĂłn impulsado por las exportaciones, y durante el año 2009, en medio de una crisis financiera global.
AquĂ, la paradoja: Luis Carranza, la principal oferta polĂtica de este fujimorismo, representa, al mismo tiempo y con bastante precisiĂłn, uno de los fundamentos del sistema polĂtico establecido entre los años 2000 y 2019: crecimiento con equilibrio fiscal y un MEF con un peso polĂtico de alguna forma equivalente al de la PCM.
Ese es precisamente el eje del sistema polĂtico que ha sido desmontado en el ciclo que deberĂa terminar en julio.
Entonces, Luis Carranza, la mejor oferta polĂtica de Keiko Fujimori, representa al mismo tiempo el nĂşcleo de las limitaciones que el fujimorismo debe superar para formar un gobierno equilibrado. Para que el par Fujimori-Carranza funcione, el fujimorismo deberĂa abandonar buena parte de las formas de manejo del poder que ha instalado o contribuido a instalar en el perĂodo que debe terminar en julio de este año.
Desde 2016, cuando ganĂł la mayorĂa absoluta del Congreso, el fujimorismo se ha exhibido a sĂ mismo como un factor orientado hacia el desmontaje del sistema institucional establecido desde principios del siglo. No ha sido el Ăşnico. En el Congreso corto de 2020 y en el Ăşltimo, instalado en julio de 2021, el fujimorismo articulĂł coaliciones integradas por franquicias que tenĂan el mismo propĂłsito: desmontar instituciones de control polĂtico, econĂłmico y legal en funciĂłn de intereses privados. Diez años haciendo lo mismo son suficientes para generar incapacidades adiestradas y dejar asentadas costumbres disfuncionales. La militancia y la representaciĂłn parlamentaria del fujimorismo se han consolidado en estos años en ese ambiente y han aprendido a defender las prácticas derivadas del más abierto capricho. Hemos visto verticalizar el sistema legal casi por completo, subordinar al MEF a las necesidades del populismo, desmontar la Sunedu, conceder impunidad a los llamados «mocha-sueldos» e instalar la influencia y las cuotas de una repartija generalizada como motores de la gestiĂłn pĂşblica.
Es difĂcil articular un gobierno consistente, que deberĂa ser la meta a partir de julio de 2026, y mantener al mismo tiempo satisfecha a la insaciable clientela generada en estos años. Los militantes y los parlamentarios del fujimorismo, los nuevos y los antiguos, llegan al perĂodo que comienza en julio con expectativas acumuladas sobre lo que representa tener poder y tener influencia. Respecto de ellos, la imagen de Luis Carranza representa un lĂmite; una consigna que no sĂ© cuán fácil sea digerir dentro del espacio fujimorista: acá se acabĂł; o el Congreso domestica todos los impulsos aprendidos en el ciclo que debe terminar en julio, o el segundo fujimorismo, el de la hija de Alberto, va a terminar pasando a la historia como más de lo mismo.
El peso de la historia. El que comenzará en julio no es el primero que necesita escapar de una trayectoria establecida. GarcĂa se mirĂł en el espejo de su propia historia en el ciclo 2006-2011. Tenemos que pasar por alto muchos capĂtulos difĂciles de digerir para tener un balance limpio de lo que representĂł ese perĂodo, dejar al margen el peso de Bagua, de los Petroaudios y los narcoindultos, además de Odebrecht. Pero el GarcĂa del segundo alanismo no fue el GarcĂa del perĂodo 1985-1990. Concentrándonos en el manejo de la economĂa, fue uno distinto. El segundo fujimorismo, el de Keiko, suele apelar a la memoria de los años 90, al perĂodo de apogeo del rĂ©gimen de Alberto. Pero del que necesita escapar es de su primer perĂodo de influencia institucional, el que se forja en el Congreso de 2016, pero se despliega plenamente a partir del Congreso corto de 2020: el ciclo del desmontaje.
La cuestión por resolver es esta: ¿el segundo fujimorismo, el de Keiko, podrá convertirse en algo distinto a lo que ha sido en estos años, los del desmontaje que empezó en 2019?
En el Ăşltimo tramo de su campaña, la señora Fujimori logrĂł contener, entre otras cosas, la imperativa insistencia disruptiva del señor Rospigliosi, actual presidente del Congreso, adalid de la eliminaciĂłn de todo vestigio de algo que sea semejante a una justicia independiente. Pero el recuento de votos prácticamente ha terminado. Y en estos dĂas, la presencia pĂşblica de Luis Carranza ha sido menor que la del señor Rospigliosi. La agenda polĂtica no está instalada alrededor de un gabinete en formaciĂłn. Gira en torno a la reinstalaciĂłn del fuero policial-militar, incluso en medio de las secuelas de los crĂmenes de Manchay y Colcabamba, y alrededor de la intensidad con que la Junta Nacional insiste en desmontar lo que queda de la independencia de los tribunales.
Ambos procesos apuntan en la misma direcciĂłn: muestran que el desmontaje es un proceso que ha desarrollado su propio peso inercial; un dispositivo que está exhibiendo su capacidad de perseverar por su propia dinámica interna, más allá de la utilidad polĂtica que se le asigne o se le niegue.
Diez años alimentando demoliciones no son un buen punto de partida para ensamblar polĂticas de Estado. Las presiones internas por seguir haciendo las cosas tal como se han venido haciendo saltan a la vista en estos dĂas.
ÂżPuede Keiko Fujimori contener el peso inercial de su propia organizaciĂłn?
Esa es la cuestiĂłn por resolver.
