por CĆ©sar Azabache Caracciolo – La RepĆŗblica
Se nos estƔ acabando el tiempo. Tenemos mƔs cosas en juego que los Rolex de Boluarte.
Un explosivo cargado de dinamita en el local de una fiscalĆa en Trujillo representa un punto de quiebre imposible de ignorar.
En nuestro caso deberĆa forzar al gobierno a adoptar un tipo de respuesta en particular que estĆ” lejos de su enfoque de las cosas: Proteger a las fiscalĆas. El desafĆo no es menor porque este gobierno ha dejado en evidencia que ve a las fiscalĆas como un enemigo al que se puede despreciar incluso entregĆ”ndoles carcasas de telĆ©fono sin contenido. De ahĆ al objetivo urgente, protegerles, hay un salto difĆcil de imaginar.
La pasividad que hasta ahora ha exhibido el gobierno antes el avance de la violencia, de aquĆ en adelante, serĆ” equivalente a complacencia. La FiscalĆa de la Nacion ya ha denunciado que registra al menos dos fiscales que estĆ”n trabajando bajo amenazas en el mismo local en que se produjo el atentado. El asunto es entonces de extrema gravedad. Ya se ha dejado en abandono a la población de Lima y de la costa norte, a la que se estĆ” extorsionando sin lĆmites visibles, sin estĆmulos para delaciones, sin recursos para proteger personas y sin posibilidades de detener preliminarmente a nadie. Ahora la violencia escala sobre las autoridades.
Y se expande. El lunes un periodista, Gastón Medina, fue asesinado a balazos en Ica, al sur de Lima.
O aquĆ se hace el giro que no se hizo con la primera huelga de transportistas o terminamos sellando el pacto del gobierno con la criminalidad económica violenta, acaso el cliente del que determinados sectores de la polĆtica esperan fondos para las siguientes elecciones generales.
El gobierno ha imaginado un mundo en que la violencia en expansión es una cuestión de cifras abiertas a interpretación; uno en el que el Ćŗnico problema real son los casos legales de la presidenta y su entorno, o los que afectan a los congresistas que la respaldan. Su idea del sentido de la ley, apoyada por el Congreso, se ha concentrado en desestimular la delación de crĆmenes (ācolaboraciones eficacesā, les llamamos), romper las relaciones de coordinación entre la policĆa y las fiscalĆas, demoler al principal equipo de investigación de casos sobre criminalidad en el poder que se montó en tiempos de la fiscal Barreto y el coronel Colchado, bloquear investigaciones contra el entorno presidencial o parlamentario y quitarles a las fiscalĆas herramientas bĆ”sicas como las detenciones preliminares o los allanamientos, ademĆ”s de recortarles el presupuesto e ignorar que esta vez la ola de corrupción que estĆ” en despliegue viene acompaƱada de asesinatos, como los perpetrados contra Nilo Burga y Andrea Vidal.
En ese extraƱo lugar que el gobierno ha elegido para mira las cosas, la tentación de ignorar lo que representa un cartucho de dinamita lanzado sobre una fiscalĆa debe ser enorme. Pero la evidencia es concluyente. Hablamos de una segunda frecuencia instalada en la ya incontrolable violencia que impregna Trujillo. Heber usado dinamita en ese atentado es equivalente a dejar huellas visibles en la escena del crimen: dejar pistas para que quede claro de donde vienen los perpetradores. Esto, de hecho,Ā no es vandalismo; no se trata solo de romper lunas. Se trata de amedrentar fiscales para que dejen de hacer las cosas que estĆ”n haciendo.
A ver si ahora nos quedan claras las consecuencias que genera facilitar la circulación de dinamita, porque también sobre eso produce la ampliación del Reinfo.
Salvo en los 80ā finales y en los primeros 90ā, hemos querido imaginar casi durante toda nuestra historia que las diversas formas de violencia con las que convivimos viven aisladas dentro de espacios que nos representamos como ajenos, distantes, clausurados: El valle del Ene y La Pampa, para poner dos ejemplos; pero tambiĆ©n las invasiones, los cupos de construcción y los sobornos cotidianos. Aunque las cosas ocurran a pocos metros de nosotros hemos aprendido a aislarlas mentalmente representĆ”ndolas como si fueran fenómenos encapsulados.
Sin embargo el esquema de violencia que ahora mismo estĆ” en expansión no admite fantasĆas semejantes. Esta forma de violencia se impone, se hace visible, exige ser reconocida y exige sumisión inmediata. Esta criminalidad no pretende permanecer invisible; quiere notoriedad, quiere controlar territorios enteros; crear fronteras que definan sus zonas de influencia como āpropiasā.
Esta, la que estĆ” abierta, es una disputa por el control del territorio interior de la repĆŗblica. Entonces ĀæcuĆ”l serĆ” el papel del gobierno en este capĆtulo de nuestra historia? ĀæConfrontarĆ” con la criminalidad violenta o mantendrĆ” la pasividad prĆ”ctica que ahora demuestra ante su expansión?
La Ćŗnica salida que encuentro Ćŗtil representa un cambio de timón que tambiĆ©n resulta lejano al perfil de este gobierno: Conformar un gabinete de transición formado por verdaderos expertos en polĆticas pĆŗblicas que pueda actuar fuera de toda subordinación a Boluarte para poner en un orden mĆnimo al paĆs antes de las elecciones del 2026.
No sĆ© si algĆŗn o alguna genio de la polĆtica habrĆ” imaginado que era una buena idea dejar que Boluarte destroce todo para despuĆ©s presentarse como salvador o salvadora de la repĆŗblica. Si a alguien se le ocurrió esa estupidez habrĆ” que recodarle que no tiene sentido dejar que el bosque se incendie para jugar a ser bombero. La expansión de la violencia estĆ” adquiriendo un ritmo tan intenso que puede poner en riesgo la viabilidad de cualquier forma de gobierno autónomo mĆ”s allĆ” del 2026. Las economĆas ilegales apoyadas por la violencia no se expanden para luego dejarse reprimir o para negociar cuotas parciales de control territorial. Se expanden para destrozarlo todo y luego fagocitar los restos con la voracidad de un depredador.
Se nos estƔ acabando el tiempo. Tenemos mƔs cosas en juego que los Rolex de Boluarte.
Es reaccionar o dejar al paĆs a la deriva
