por CĂ©sar Azabache – La RepĂºblica
«Que una joven mujer, Lizeth Marzano, haya muerto atropellada por un auto mientras corrĂa por una calle representa una escena desgarradora. Que el autor del crimen haya huido sin siquiera intentar atenderla y que su entorno se organice rĂ¡pidamente intentando crear muros de protecciĂ³n a su alrededor resulta injustificable»
Que una joven mujer, Lizeth Marzano, haya muerto atropellada por un auto mientras corrĂa por una calle representa una escena desgarradora. Que el autor del crimen haya huido sin siquiera intentar atenderla y que su entorno se organice rĂ¡pidamente intentando crear muros de protecciĂ³n a su alrededor resulta injustificable. Que toda la tensiĂ³n que generan las imĂ¡genes que registran estos hechos desemboque en un debate sobre el uso de la prisiĂ³n como respuesta inmediata al hecho resulta, en estas coordenadas, mĂ¡s que comprensible.
Esperar hasta que se pueda organizar un juicio para castigar al autor de un delito registrado en video de manera segura no es ya una idea fĂ¡cil de defender. Nuestros procedimientos judiciales y nuestro lenguaje legal aĂºn no estĂ¡n preparados para asimilar todo lo que representa la sociedad audiovisual como contexto de vida prĂ¡ctica. El sistema legal se ha quedado anclado en la flagrancia, la intervenciĂ³n de la autoridad en el momento del hecho, como Ăºnica ruta para abreviar el procedimiento judicial. Pero el registro audiovisual, cuando se produce en fuentes seguras, estĂ¡ llamado a ocupar un lugar semejante, si no idĂ©ntico, al de la antigua flagrancia en la sociedad de nuestros dĂas. En la actualidad no percibimos las cosas sĂ³lo cuando ocurren. Podemos perennizar un evento en fuentes que, en determinadas condiciones pueden ser usadas por las autoridades como pruebas constituidas al momento del hecho. Esta posibilidad representa un cambio tecnolĂ³gico que es suficiente para mover al estante de recuerdos cientos de tratados legales sobre la flagrancia, sus consecuencias y las formas de distribuir la carga de la prueba en los procesos penales que se refieren a crĂmenes probados fuera de proceso
Pero el sistema legal es resistente a los cambios tecnolĂ³gicos. AĂºn mantiene rutinas que provienen de la sociedad del papel y el expediente escrito. Y eso crea desajustes que multiplican la tensiĂ³n en estos casos, en lugar de resolverla.
El sistema de justicia no tiene por quĂ© ni cĂ³mo bloquear esa tensiĂ³n. El desajuste estĂ¡ instalado en su falta de coordinaciĂ³n con el entorno tecnolĂ³gico en que ahora se mueve. Parte de las voces que representan al sistema, algunos abogados de litigio especialmente, creen encontrar espacio para bloquear esa tensiĂ³n apelando a formulaciones que encuentro superficiales sobre principios que se presentan simplificados, como la presunciĂ³n de inocencia o la estricta necesidad procesal. Pero la cuestiĂ³n que estamos discutiendo se refiere al retraso que predomina en el sistema legal, no a la vigencia de las garantĂas y derechos de los procesados o al avasallamiento de la justicia en manos de los medios.
La tensiĂ³n, ademĂ¡s, se hace mayor cuando el sistema, es nuestro caso, ha descuidado hacer cosas tan simples como comprar tobilleras electrĂ³nicas o construir prisiones intermedias para internamientos cortos diferenciados
Del otro lado, el que genera estos cambios tecnolĂ³gicos se alimenta de desigualdades y, al mismo tiempo, las multiplica, las hace mĂ¡s visibles.
Cada dĂa mueren en el paĂs entre siete y nueve personas en accidentes de trĂ¡nsito. Son casi tres mil personas por año. La mayorĂa de los accidentes que causan estas muertes no estĂ¡n registrados en video. Y no tenemos procedimientos estables que permitan que todas las vĂctimas, sin distinciĂ³n, puedan acceder a los videos de seguridad que sĂ existen, pero permanecen ocultos o son eliminados periĂ³dicamente sin control de las autoridades. Los buses de transporte pĂºblico en PerĂº no estĂ¡n obligados a llevar cĂ¡maras ni dispositivos de registro de eventos que cumplan una funciĂ³n semejante a las cajas negras de los aviones. Los agentes de seguridad o vigilancia tampoco. Las zonas urbanas perifĂ©ricas tienen menos capacidad de registro audiovisual de eventos criminales que las zonas centrales. No se diga nada de las zonas rurales. Y la lista de omisiones continĂºa.
Los cambios en esta materia necesitan una actualizaciĂ³n general de los procesos de registro de hechos y reacciones pĂºblicas ante eventos que causan daños, lesiones y muertes. Si quisiĂ©ramos pensar realmente en la justicia, tendrĂamos que instalarnos aquĂ, en la vida diaria, en el castigo hacia el delito cotidiano, en la reparaciĂ³n del dolor, y dejar de pensar en reformas concebidas como coartadas narrativas para descabezar y copar entidades constitucionales
Nuestra reacciĂ³n frente al registro de eventos criminales es tambiĂ©n asimĂ©trica. Cuando se trata de muertes en protestas concedemos demasiado espacio a la indiferencia. Los registros audiovisuales de las muertes provocadas en las protestas que empezaron en diciembre de 2022 son de acceso libre y cubren buena parte de los cincuenta casos documentados por la prensa independiente. En particular, dos de esos registros muestran el momento en que un agente de policĂa disparĂ³ a corta distancia un proyectil de gas sobre el rostro de VĂctor Santistevan, que muriĂ³ por el impacto. Pero aun asĂ, con el registro visual puesto sobre la mesa, nuestra indiferencia es capaz de sostenerse y negar respaldo colectivo a sus familiares.
La reacciĂ³n sobre el caso Marzano es entonces, ella misma, consistente y desafiante. Denuncia un retraso evidente en la forma en que el sistema de justicia reacciona frente a asuntos tan sensibles como la muerte cotidiana registrada en soportes audiovisuales seguros. Pero ademĂ¡s pone sobre la mesa otras asimetrĂas que provienen de la desigualdad que campea en las zonas perifĂ©ricas de las ciudades, en las zonas rurales y en las carreteras. Y pone en evidencia el cerco que nos impide reaccionar tambiĂ©n cuando los crĂmenes que se registran se refieren a eventos como las protestas de disidentes, en las que parecemos identificar a las vĂctimas como una suerte de otros-ajenos que no merecen nuestra indignaciĂ³n.