por CĂ©sar Azabache Caracciolo –  La RepĂşblica
Abrir el financiamiento de la polĂtica a todas las organizaciones sociales, no solo a las empresas con fines de lucro, puede constituir una oportunidad inmejorable para generar nuevas formas de incidencia sobre la oferta de representaciĂłn que recibimos.
05/02/2025
El sábado que pasĂł el gobierno promulgĂł una nueva reforma a las reglas del financiamiento polĂtico. La nueva ley hace posible inyectar fondos de empresas privadas a campañas, una vĂa que se mantuvo cerrada cuando se aprobaron las reformas de 2019.
Esta vez, la idea detrás de la ley, si bien no la ley misma, ha tenido el respaldo pĂşblico de voces como la de Carlos MelĂ©ndez, uno de los politĂłlogos más influyentes de nuestro medio. MelĂ©ndez ha criticado que la reforma de 2019 haya cancelado el acceso de la polĂtica a fondos de empresas. La medida puede reconocerse como una reacciĂłn casi impulsiva al descubrimiento de los casos de corrupciĂłn polĂtica que forman parte de la historia de Lavajato. MelĂ©ndez objeta que la cancelaciĂłn, adoptada sin excepciones, dejĂł el financiamiento oficial prácticamente en manos del Estado, con todas las ineficiencias que importa eso y con el sesgo que representa que el financiamiento pĂşblico se concentre en las organizaciones ya establecidas en el Congreso, no en la generaciĂłn de tras nuevas.
Conservar un sistema de dos o tres partidos principales es una cosa. Terminar sosteniendo la reproducciĂłn de esta malla actual carente de formas definidas, una muy distinta.
Pasados los años es imposible negar que las reformas del 2019 dejaron por debajo del radar un componente del mercado que terminĂł ganando la partida: Las economĂas ilegales. Imposible dejar de observar que los delitos por financiamiento ilegal, que fueron incluidos en nuestra legislaciĂłn por la reforma de 2019, han tenido una incidencia realmente mĂnima en la contenciĂłn de las filtraciones de estos fondos en las dos Ăşltimas elecciones.
Importante respetar los matices con que se leen las cosas, pero la conclusión práctica es exactamente la misma. El esquema no ha funcionado como se esperaba.
Bajo la nueva reforma un candidato o una candidata que decida postular pero no acepte fondos ilegales o no registrados puede optar por buscar fondos privados sin tener que esconderse, aceptar esquemas semi clandestinos o buscar donantes de reemplazo que oculten la identidad de su fuente de financiamiento. Pero el esquema encierra una trampa que no podemos justificar ¿Por qué la candidata o el candidato de este supuesto debe solamente buscar empresas privadas, es decir, organizaciones con fines de lucro?
La limitaciĂłn es expresa: Está en el artĂculo 31.d de la ley. Las empresas privadas pueden hacer aportes,, pero no pueden hacerlo otras organizaciones sociales como las Cámaras de Comercio, los Frentes de Defensa, la Derrame Magisterial, las Cooperativas de Productores, los gremios de transportistas, la FederaciĂłn de ConstrucciĂłn Civil y los sindicatos que nos quedan.
¿Por qué?
La polĂtica genera un producto que se llama influencia. Quien invierte en polĂtica, más si lo hace directamente, a travĂ©s de los partidos y no de fundaciones o institutos de investigaciĂłn, adquiere una posiciĂłn de ventaja frente a quienes no pueden hacer una inversiĂłn equivalente. Abrir espacios para el financiamiento empresarial a la polĂtica y mantenerlo cerrado para sindicatos, Cámaras y otras organizaciones sociales representativas es profundamente discriminatorio.
Equivale de hecho a regresar a mediados del siglo XIX.
Me cuento entre quienes partieron en este debate asumiendo que lo derechos polĂticos son individuales y no colectivos. Las empresas no votan. Los sindicatos tampoco. Me cuento entre quienes partieron asumiendo que la cuestiĂłn del financiamiento de la polĂtica debĂa limitarse a aportes personales regulados y a subvenciones estatales. Pero me resulta imposible negar que la historia de los partidos polĂticos se ha escrito de otra manera: Desde que la revoluciĂłn industrial tomĂł el control de la economĂa la polĂtica se ha organizado sobre esquemas de financiamiento construidos a partir de empresas y de los sindicatos. Que ahora, en el XXI, la sociedad sea más compleja deberĂa ser una razĂłn para abrir la lista, no para volver a cerrarla hacia las fuentes del capital empresarial. El financiamiento de la polĂtica, como el propio sistema de gobierno, depende de tradiciones locales, no de conceptos impuestos conforme a preferencias personales. Por eso partir, como he venido partiendo de asumir como axioma que la polĂtica es cuestiĂłn de personas fĂsicas y subvenciones estatales no funciona. Melendez tiene razĂłn: Las empresas siempre han aportado en polĂtica. Deben poderlo hacer, aunque adaptando los protocolos de transparencia y cumplimiento ahora en vigencia.
Lo que no tiene sentido, e imagino que Melendez tampoco justificarĂa, es que se excluya de esta apertura a las organizaciones sociales representativas formales que no son empresas privadas.
Encuentro esta exclusiĂłn inconstitucional. Si vamos a abrir la puerta a que las empresas participen en polĂtica financiando candidatos, entonces deben poder hacerlo las organizaciones locales no lucrativas: Cámaras de Comercio, gremios y sindicatos, Frentes de Defensa, Cooperativas de Productores, Derrama. El fundamento es exactamente el mismo para todas.
No encuentro como puede justificarse limitaciones arbitrarias.
Abrir el financiamiento de la polĂtica a todas las organizaciones sociales, no solo a las empresas con fines de lucro, puede constituir una oportunidad inmejorable para generar nuevas formas de incidencia sobre la oferta de representaciĂłn que recibimos. Las primarias, las llamadas PASO, habrĂan podido tener un efecto semejante y lo perdimos. No perdamos la segunda oportunidad ahora.
Nuestras organizaciones sociales pueden convertirse en nuevos generadores de una representaciĂłn que necesitamos volver a definir, si las dejan intervenir en el financiamiento de la polĂtica. La polĂtica siempre ha adquirido la forma del dinero que la sostiene. No permitamos que esa forma sea ahora la que corresponde a una grosera desigualdad
